Lo que callamos los vividores del conflicto

Lo que callamos los vividores del conflicto
Publicado Por Soledad Rodríguez el 25 04 2017
Las condiciones existenciales de los asalariados hoy en día revisten casi las mismas características en todo el orbe (nada alentadoras, por cierto); condiciones intrínsecas del modelo económico imperante, que busca el mayor rendimiento y ganancia a través de la explotación exhaustiva y eficaz de la fuerza de trabajo.

Fotografía de Lozano
Hablaré de la situación laboral dentro de las oenegés que han ganado terreno a través de dos grandes vacíos que el Estado no ha podido o no quiere resolver: la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la impunidad.
Las oenegés no están exentas de las relaciones de explotación del régimen capitalista y, de hecho, muchas de estas organizaciones se jactan de la similitud (en términos administrativos) con las empresas ordinarias.
Las oenegés son esas entidades que se encargan de redistribuir la beneficencia del primer mundo entre los pobres de la periferia mediante proyectos más o menos sustentables… Pero ese es tema para otro artículo. Esta reflexión gira en torno a mi propia experiencia dentro de una organización no gubernamental, sin interés de hacer generalizaciones; aunque es evidente que muchos de los aspectos negativos enumerados aquí podrán verse reflejados en otros espacios, sea dentro de oenegés enfocadas en otras áreas, en la burocracia estatal, o en la empresa privada.
Trabajé ocho años para una oenegé dedicada a la defensa de derechos humanos violentados durante el mal llamado Conflicto Armado Interno (se sabe que de hecho fue una guerra sucia y una guerra de exterminio). Con el paso del tiempo el trabajo que se realizaba dentro de esta organización fue asemejándose a una maquila. Al final del día la “eficacia” de cada trabajador, debía reflejarse en el número total de “producto” que entregaba, esto es, la cantidad de personas atendidas y víctimas de violencia registradas.
La calidad del trabajo disminuyó considerablemente con el paso del tiempo. En los últimos años esta organización tuvo a bien contratar personas poco calificadas pero eficientes en el cumplimiento de órdenes sin cuestionar (deshaciéndose del personal calificado pero “problemático”, ¿pensante, acaso?).
Además era moneda común exponer al personal a trabajo excesivo por tratarse de “empleados de confianza”. Muchos de nosotros pasamos largas temporadas en trabajo de campo, con todo lo que esto implicaba: vivir en comunidades lejanas por períodos considerables, dejando de lado nuestra vida cotidiana, familia, amigos, y demás. Cuando por fin llegabas a la oficina, la cosa era hacer el trabajo de escritorio lo más rápido posible porque ya estaba programada otra salida a campo.
El tema que esta organización desarrolla es de gran impacto para los involucrados —después de mucho tiempo de trabajar con temas relacionados a la violencia se suele normalizar ciertos aspectos— y el desgaste físico y mental representaba al final del mes un deterioro en términos existenciales de la vida de los trabajadores, precarizando sus relaciones familiares y cotidianas, regalándoles una cuota significativa de padecimientos psicosomáticos a los que se les pone poca atención pero que tarde o temprano terminan cobrando factura.
Este estado es conocido en el medio anglosajón como el síndrome de burnout, y en español como síndrome del desgaste profesional*. No obstante, para los directivos, esto estaba relacionado con la mediocridad de los trabajadores que tienden a hacer un mal trabajo cuando están “bajo presión”, condición, por cierto, de cualquier trabajo de hoy en día.
Uno de los argumentos que escuché más de una vez a mis jefes inmediatos cuando se les hacía reclamos por mejoras salariales (por la carga de trabajo y de exigencias frívolas) era que debíamos estar agradecidos porque el de nosotros era un trabajo excepcional, que muy pocas gentes tenían oportunidad de realizar y que seguramente en un McDonald’s sí tendríamos motivos verdaderos para quejarnos. Lo único importante era la cantidad de registros logrados al cierre de cada proyecto, pues de eso dependía el financiamiento de los donantes para los años subsecuentes, o sea nuestra buena fortuna de tener un trabajo estable…
Los espacios destinados dentro de esta organización para atender el desgaste físico y emocional de los trabajadores, eran espacios mal dirigidos, sin personal cualificado para tal fin. Terapias grupales tan necesarias para resolver los conflictos acumulados con el paso de las semanas o meses, eran solventadas con fiestas institucionales que —no hace falta decir — contribuían momentáneamente al desfogue de las diferencias y rencillas entre colegas, pero eran inútiles para resolver los problemas de fondo que resurgían cada cierto tiempo.
Por otro lado, son varios los ejemplos dentro de estas organizaciones donde los directivos buscan el beneficio personal, y no sólo porque los sueldos que reciben pueden equipararse a los de altos funcionarios del gobierno (injustificados en casi todos los casos).
Estos directivos aducen que sus salarios exorbitantes se justifican porque ellos consiguen los fondos económicos con los que la cosa funciona. Disponen además de los recursos destinados para el trabajo que se realiza (automóviles, viáticos, viajes, capacitaciones que pudieran y debieran ser para los trabajadores) y al paso, también favorecen a familiares y amigos que, aunque no tengan las credenciales y el conocimiento suficiente, llegan a puestos clave. Hemos visto en Guatemala cómo esta clase de corrupción puede desembocar en casos trágicos como el del macabramente nombrado Hogar Seguro.
La corrupción en este sentido quizá no tenga desenlaces trágicos y deleznables como el anteriormente citado, pero sí contribuye a un deterioro en el ambiente laboral y el trabajo que se realiza.
En estas organizaciones es prácticamente imposible subir de puesto por la experiencia acumulada a través de los años o los estudios realizados. Constantemente se ve subir de puesto a los amigos de turno, a las novias, o a los familiares de los directivos, pero siempre se tiene garantizado para los empleados que no entran dentro de estas categorías, el puesto de empleado de confianza.
Se exhorta a los trabajadores a dar siempre un poco más, apelando a la importancia del trabajo que se realiza, al impacto que tendrá en la vida del país el fortalecimiento de los derechos humanos (basta mencionar la cantidad de casos trabajados que llegaron a cortes penales internacionales y nacionales, con condenas para los implicados en delitos contra la humanidad en épocas de la guerra). Para muchos de nosotros la satisfacción de estos resultados fue un incentivo importante para continuar con el trabajo por varios años.
Cuando los trabajadores de estas oenegés se vuelven incómodos para los directivos, que generalmente sucede al evidenciar la corrupción y mediocridad, ellos juegan la carta de los despidos indirectos, o sin mucho papeleo los despidos a secas. Para muchos, salir por nuestro propio pie fue necesario para mantener la salud mental, luego de una constante decadencia.
Una malaventura para quienes han trabajado en oenegés es que el importante número de años trabajando exclusivamente para la misma organización tiene poca relevancia en las exigencias curriculares de los trabajos ofertados hoy en día; se vuelve más bien un obstáculo para optar a otros empleos, sin mencionar la edad que en promedio se tiene para entonces. Para muchos el siguiente paso será el freelanceo, diversificarse o morir de hambre en el intento.
Por supuesto estas críticas casi nunca salen del círculo inmediato de quienes las han vivido, porque se cree erróneamente que pueden usarse en contra de los procesos, frágiles aún, que han costado muchos años de lucha para reivindicar a las víctimas de la guerra, pudiendo ser aprovechadas por aquellos que ven “vividores del conflicto” en cada esquina.
El fantasma del desempleo condiciona a los que continúan laborando en dichas organizaciones a lavar la ropa sucia en casa, por lo menos a los que tienen conciencia de la corrupción imperante dentro de estas organizaciones. Por lo general son también quienes las han formado teniendo puestos ejecutivos, siendo muchos de ellos profesionales valiosos pero que para no ser víctimas del temido desempleo o de pasar a engrosar las filas en Guatemala con un salario que no supera los seis mil quetzales, optaron por llevar la fiesta en paz: ver, oír y callar.
En síntesis, debemos notar: primero, cómo los espacios que otrora se creían a salvo de las prácticas negativas del actual sistema económico, no lo son más, si es que en algún momento lo fueron; segundo, la situación existencial actual de los trabajadores en general; por último, el problema grave del desempleo de las capas medias escolarizadas a nivel universitario, donde son pocos los que logran ejercer su profesión. Por otro lado, el tema de la corrupción aquí señalada me parece algo más bien inherente a las relaciones sociales; difícil rastrear ejemplos históricos libres de este flagelo, pero en fin, es lo que hay…
*El síndrome de burnout, fue detectado primero en el medio de los profesionales de salud y de trabajadores sociales por el psicoanalista Herbert J. Freudenberger, quien lo describió por primera vez en 1973. Aparece como resultado de una demanda excesiva de energía vinculada al contexto económico, social y laboral en el cual surge. [Thomaé 2006] Tiene como consecuencias un deterioro en las relaciones interpersonales, desgaste o pérdida de la empatía y diversos síntomas emocionales y físicos tales como depresión, insomnio crónico, graves daños cerebrales o cardiovasculares.

http://barrancopolis.com/lo-que-callamos-los-vividores-del-conflicto/

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